El Perú no necesita más aviones, sino más tractores y menos corruptos
La urgencia de comprar aviones y materiales bélicos es la coartada de los corruptos

La urgencia de comprar aviones y materiales bélicos es la coartada de los corruptos

El Perú no necesita más aviones, sino más tractores
Actualmente EE.UU. no tiene armamentos para ellos ni en stock, porque todo lo han entregado a Ucrania. Lo que nos venderían llegarían tarde o quedarían inservibles en una guerra con cualquier país afín a Washington. Lo sensato y estratégico sería mirar hacia Rusia, China o la India, potencias que han superado tecnológicamente a Occidente.
El Perú aprobó destinar tres mil 500 millones de dólares para la adquisición de 24 aviones de combate, destinados a reemplazar los polvorientos Mirage 2000 franceses, que llegaron a inicios de los años 80, y los MIG-29 rusos, adquiridos a fines de los 90. En la licitación compitieron modelos como los F-16 estadounidenses, los Rafale franceses y los Saab Gripen suecos, según reportaron medios especializados.
Finalmente, la Agencia de Cooperación para la Seguridad de la Defensa de Estados Unidos, adscrita al Departamento de Defensa, aprobó la venta de aviones F-16 Block 70 al Perú, consolidando una operación que se celebró oficialmente como un logro diplomático. Sin embargo, Estados Unidos ha comprometido gran parte de su capacidad militar y de producción en el conflicto ucraniano, lo que significa que la entrega de esos aviones podría demorarse varios años.
¿Y qué ocurriría si mañana el Perú tuviera un diferendo con un país “amigo” de Washington? Las armas norteamericanas quedarían desactivadas con una simple orden remota o sin piezas de repuesto. Es decir, pagaríamos por nuestro propio desarme. En cambio, potencias como Rusia, China o la India, más allá de los prejuicios que impone la propaganda occidental, han desarrollado tecnología militar avanzada y confiable.
El problema no es solo de geopolítica, sino de ética. Detrás de cada intento de compra hay un pequeño ejército de lobistas y exmilitares que mueven hilos entre bambalinas. No piensan como estadistas ni como estrategas, piensan sólo en dólares. Y usan la retórica de la guerra para justificar sus negocios personales.
El reciente impasse con Colombia por el distrito de Santa Rosa fue el pretexto perfecto para reactivar este negocio. Pero ningún conflicto se resolverá acumulando armas que se oxidan antes de usarse. La verdadera defensa nacional no está en los cañones, sino en la soberanía alimentaria, la educación científica y el fortalecimiento de la industria nacional.
Invertir en armas cuando el país se derrumba por dentro es una aberración. Para una nación pobre y pacífica como el Perú, es mil veces más útil comprar tractores, cosechadoras y herramientas que rifles, misiles y tanques que terminarán oxidados en almacenes militares. Cada dólar que se gasta en balas es un dólar que se le quita a la educación rural, a la salud pública o a la construcción de caminos. Las armas no alimentan, no curan, no siembran ni educan. Solo enriquecen a unos pocos y empobrecen a todos los demás.
Detrás de cada contrato armamentista están las corporaciones bélicas y el llamado “estado profundo” que vive de fabricar enemigos. Para el Perú, las armas son un pésimo negocio, para ellos, un negocio redondo. No se trata de proteger la soberanía, sino de mantener el flujo de dinero y dependencia hacia los mismos centros de poder que promueven la guerra como industria. En un país que no fabrica armas, pero sí produce alimentos y energía, la paz no es solo una opción moral, sino la estrategia más inteligente y rentable.
El país que compra armas sin pensar en su pueblo, pierde dos veces: cuando paga por ellas y cuando descubre que no sirven para defenderlo.
Mientras enfrentamos crisis internas y urgencias en salud, educación y empleo, un grupo de comisionistas, amparado en el discurso de la “seguridad nacional”, convenció al Estado de destinar miles de millones a la compra de armamento occidental. No lo hicieron pensando en la defensa ni en la soberanía, sino en las jugosas comisiones que dejaron esos contratos.
El problema es estratégico, comprar armas a quienes son potenciales aliados de quienes podrían agredirnos es una contradicción flagrante. Europa y Estados Unidos, con sus políticas de alineamiento, jamás venderán armas que puedan usarse contra sus intereses. En cambio, países como Rusia, China o India, que han desarrollado tecnología militar más avanzada en los últimos años, podrían ofrecer alternativas más confiables, con mayor independencia tecnológica y tiempos de entrega reales.
¿Para qué un país como el Perú necesita gastar miles de millones en armas, cuando su principal desafío es la pobreza? Lo sensato y estratégico sería invertir en tractores, carreteras, hospitales y escuelas, no en aviones que quizá nunca lleguen o que terminarán oxidados en hangares, sin haber despegado jamás.
Para un país pobre y pacífico, la verdadera defensa no está en los misiles, sino en el bienestar de su gente. Apostar por la paz es construir futuro, apostar por la guerra, es hipotecar el destino nacional en favor de las corporaciones bélicas y de quienes lucran maliciosamente.