Larissa Belotserkovskaia: “La música nunca pierde su espacio, porque es pasión y sensibilidad”
Maestra del ex Conservatorio Nacional de Música, hoy Universidad Nacional de Música, reflexiona sobre el estado actual de la enseñanza musical, los contrastes entre Rusia y América Latina y el poder del arte como resistencia. “Cada ser que ama la música no puede apartarse de ella”, afirma.
Sentada al piano, con la mirada suspendida en un punto invisible, Larissa Belotserkovskaia parece escuchar algo que los demás no oímos. Su voz, suave pero firme, suena como quien carga una certeza que ha madurado con los años, la música no se extingue. “Nunca va a perder su espacio -dice- porque es algo privado, íntimo. Está hecha de pasión y sensibilidad, y eso no se destruye”.
Belotserkovskaia reconoce que el ambiente académico atraviesa un momento confuso. “Cada maestro tiene su método de enseñanza, admite. Hay muchos alumnos interesados en aprender, y eso es muy bueno, pero se necesita profundidad y estoy empeñada en ello”. Con esa palabra, profundidad, condensa su crítica y su esperanza.
Hace poco regresó de una gira que la llevó a Huánuco y Arequipa, donde ofreció conciertos y clases maestras. “El público fue maravilloso -recuerda-. En huánuco incluso coparon los escalones. La gente tiene hambre de arte, quiere escuchar, aprender. Eso demuestra que la música todavía puede convocar”.
En un país donde el arte suele ser un lujo, Belotserkovskaia defiende la pasión como forma de resistencia: “Cada ser que ama la música no puede apartarse de ella. Si uno se lo propone, nada lo detiene. A veces dejo el piano por problemas, pero siempre vuelvo. No puedo vivir sin esa conexión”.
Con sus alumnos trabaja más allá de la técnica. Les exige pensar, leer, nutrirse del mundo. “Les digo que estudien historia, literatura, arte. Todo entra cuando interpretas una obra. Si no hay pensamiento ni sensibilidad, la música no llega al público. Hay que tocar con todo el ser”.
Para ella, la formación musical en América Latina sigue siendo frágil, dependiente del dinero y de la voluntad de unos pocos. “En Rusia los niños con talento son detectados y formados desde los cinco o seis años. Hay escuelas especializadas, apoyo del Estado. Aquí, un niño crece como una hierba en el campo, sin guía ni evaluación. Es triste, porque el talento necesita acompañamiento para florecer”.
Belotserkovskaia cita el ejemplo reciente de Martha Argerich, quien escribió al presidente argentino Javier Milei pidiéndole que no elimine los programas de apoyo a los niños talentosos. “Eso muestra lo esencial del compromiso. Sin apoyo, el arte se empobrece”, comenta.
Aun así, no se resigna. “Yo creo que la música siempre puede encontrar su lugar en cualquier pueblo. Cuando uno toca con verdad, llega a todos. Solo hace falta ese contacto humano, esa chispa que se ha perdido en muchos jóvenes”.
Cuando se le pregunta qué significa para ella la palabra tradición, responde sin dudar: “Es una gran palabra. Todos seguimos nuestro camino sabiendo lo que vino antes, y al mismo tiempo creamos algo nuevo. Así se avanza”.
En el fondo, su credo se resume en una convicción: el arte debe ser profundo, bello y rebelde. “Por supuesto -dice-, la resistencia debe ser bella. Si no, no tiene sentido.”